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España: un país de decepcionados

Nadie en el mundo se puede creer que en Andalucía haya cuatrocientos mil fascistas que votan Vox. O que un tercio de los franceses sean xenófobos y racistas que votan a Marine Le Pen. O que en Italia los seguidores de Salvini añoren a Mussolini. Lo que es más probable que esté ocurriendo es que, además de la tradicional dicotomía entre derechas e izquierdas, que por supuesto subsiste, esté apareciendo una nueva división entre quienes aún aceptan el sistema político como está y quienes promueven una ruptura, buscando un cambio de rumbo.

¿Se han dado cuenta por ejemplo que todos se beneficiaban de la universidad para obtener títulos que no se merecían? ¿Han comprobado como todos entran y salen a las grandes empresas una vez dejan la política?

En España y en Baleares es bastante fácil identificar esa decepción con nuestra democracia y con el sistema económico que la acompaña: desde la financiación de los partidos políticos, pasando por los privilegios de sus dirigentes, hasta sus sospechosas coincidencias en asuntos trascendentales, muchos ciudadanos tienen motivos para pensar que hay pocas diferencias entre la izquierda y la derecha instaladas en el poder. ¿Los han visto cómo se llevan con la gran banca, con los medios de comunicación, con el poder fáctico, con los asuntos europeos? ¿Han visto cómo, cuando afecta a sus intereses, todos se ponen de acuerdo corriendo un discreto velo sobre las discrepancias? ¿Se han dado cuenta por ejemplo que todos se beneficiaban de la universidad para obtener títulos que no se merecían? ¿Han comprobado como todos entran y salen a las grandes empresas una vez dejan la política? ¿Por qué ninguno de ellos quiere investigar la desaparición de las cajas de ahorros, Sa Nostra en el caso de Baleares?

Una parte importante de los votantes está decepcionada por ver cómo exactamente el mismo discurso que tienen unos en relación al paro, el desempleo y las políticas económicas, es firmado por los otros cuando pasan del gobierno a la oposición y viceversa. Las acusaciones y la defensa son las mismas, más allá de las ideologías, cambiando los roles según el caso: “ustedes se han encerrado en el poder y no comprenden el sentir del hombre de la calle que tiene que pagar las deudas, los alquileres y buscar empleo” dicen en la oposición; “los datos macroeconómicos indican que el empleo mejora, que la economía prospera, aunque hay mucho aún por mejorar”, claman desde el poder. Los alquileres son impagables, la inestabilidad laboral crece sin cesar, los empleos basura se multiplican, nuestros jóvenes tendrán una vida más complicada que sus padres, no vamos a tener pensiones y, sin embargo, nuestros políticos debaten sobre cuestiones que parecen creadas para ocultar y evitar estos temas.

En mi opinión, Ciudadanos no engaña: es evidente que en el mejor de los casos puede terminar por convertirse en un partido más; Vox, por el contrario, disfruta aún del privilegio de no haber tocado poder

Ese fue el caldo de cultivo en el que nació Podemos, que creció bajo el disfraz de oposición a la casta. La compra de un chalet de seiscientos mil euros, las luchas cainitas por las pequeñas parcelas de poder, el chalaneo con el sistema a cambio de unos pocos cargos, lo ojos ciegos ante las vergüenzas de los amigos evidenciaron que sólo era otro partido más para participar en el reparto, dejando huérfano al electorado que ya les ha calado.

Hoy nos preguntamos cuántos aún buscan en Vox o en Ciudadanos ese revulsivo rupturista. En mi opinión, Ciudadanos no engaña: es evidente que en el mejor de los casos puede terminar por convertirse en un partido más; Vox, por el contrario, disfruta aún del privilegio de no haber tocado poder, lo cual aún mantiene la verosimilitud en su discurso. Pero, permítanme que tenga dudas serias sobre su vocación renovadora. Yo no creo que haya detrás de ellos nada más que nacionalismo español y alguna idea, menor, que pueda ser defendible. Lo demás, me temo, será puro trapicheo por poder.

¿Por qué esos ciudadanos que legítimamente buscan una regeneración de la democracia no se encuentran con una oferta que les satisfaga? Para mí, por un motivo fundamental: no tenemos claro que lo que estamos buscando es una democracia en la que el político tenga menos poder y el ciudadano más; no somos capaces de articular esta reivindicación, y por ende todo se queda en una inquietud insatisfecha. Este era un reto que deberían haber abordado los partidos tradicionales, recortando el poder de sus líderes, pero ellos lo han vetado. Hemos hecho una democracia en la que el ciudadano pinta poquísimo, donde los representantes se olvidan de los representados impunemente al día siguiente de ir a las urnas, donde el voto viene muy determinado por poderosas inercias manipuladas por los medios de comunicación –coautores de este desastre–, donde el control de las listas de los partidos, limitado a unos pocos, equivale al verdadero poder. Los ciudadanos vemos que no tenemos nada de influencia en lo que se decide en Bruselas, ni en los grandes asuntos económicos, ni siquiera en las grandes cuestiones, siempre ocultas al escrutinio ciudadano. En cambio, tenemos la sensación de que nos entretienen con asuntos menores en torno a los cuales nos dividen y enfrentan. Como si nos organizaran un espectáculo que nos distrajera de los grandes asuntos. Nos pasamos el mes entretenidos con bobadas hasta que a final de mes vemos que los números de las cuentas no nos cuadran e intuimos entonces que hemos estado en el debate equivocado.

 

Actualizado: 14 de marzo de 2022 , , ,

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