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Los valientes no queman libros

Reconozco que he tirado algún que otro libro a la basura. Incluso he quemado otros para encender fuego y doy fe de que arden muy mal, nada que ver con la manía de Pepe Carvalho con usarlos para alimentar la chimenea. Vázquez Montalbán convirtió a su personaje detective en un pirómano literario, aunque sospecho que él no lo hizo jamás, primero, porque era un hombre ilustrado —y la gente de bien no quema libros—, y segundo, porque, insisto, arden de puta pena.

Cuando he tirado libros a la basura era porque se trataba de ejemplares que habían sufrido los estragos de una inundación casera y resultaban insalvables. Lo mismo que cuando acabaron en el fuego. En mi biblioteca hay de todo, incluso libros de mierda por los que no daría ni un duro, pero no se me ha pasado por la cabeza quemarlos con saña homicida. Sí, porque quemar un libro, por muy malo, apestoso y aberrante que nos pueda parecer, es un acto de asesinato ideológico, es una forma burda, cobarde y criminal de intentar eliminar el trabajo o las creencias ajenas.

Todavía hay quien cree que el fuego, como elemento atávico de purificación y también de destrucción, puede utilizarse para acabar con aquellas palabras que le disgustan. Y un año más, no faltan por estas fechas los anormales que queman ejemplares de la Constitución Española de 1978. Y lo hacen creyendo que lo suyo es un acto subversivo cuando apenas pasa de la mera e inútil gilipollez. Para quemar un libro no hacen falta demasiados cojones, la palabra impresa no puede defenderse. Esa actitud más bien denota una enfermiza indigencia neuronal. ¿Para eso aprendieron a controlar el fuego nuestros antepasados, para quemar libros? De verdad, aún no hemos salido de las cavernas.

Si me dieran un euro por cada vez que me han llamado fascista no me haría rico, pero les aseguro que me llegaría para una buena cena con los amigos y la familia, con langostinos frescos y todo, oigan. Ahora, permítanme que llame yo putos fachas a los que andan quemando la Carta Magna y renegando de ella de mala manera. Tal vez no sea perfecta y haya que meterle mano —esa es otra cuestión—, pero es innegable que gracias a ella estos deficientes intelectuales pueden pegarle fuego, desbarrar en público y decir todas las tonterías que le vengan en gana. Sí, porque la Constitución ampara su derecho fundamental a ser imbéciles. A ver si podrían andar quemando papeles en la Unión Soviética o en la España de Franco. O, sin ir más lejos, en el Irán de los ayatolás que por lo visto tanto agrada a algunos. Me temo que no, que los huevos no llegan para tanto. No, porque el coraje solo les alcanza para mimetizarse con los nazis. Menudas torradas montaban en el III Reich, ahí quemando libros en las plazas públicas. Luego se iban a las cervecerías, se ponían tibios de zumo de cebada y organizaban las vacaciones lisérgicas que se iban a pegar en Polonia poniéndose hasta el culo de pervitina. Para las juventudes hitlerianas Polonia era como el Magalluf de aquellos tiempos. También les encanta pasearse por la noche con antorchas, balbucear no sé qué coño del Rh y reivindicar linajes genéticos imposibles. Todo muy nazi, todo muy puto facha. Eso es lo que les mola, eso es lo que imitan, por eso les llamo, como decía, putos fachas en toda la jeta.

Los libros son libros, miles de ellos se han perdido en la noche de los tiempos, miles han sido destruidos para siempre. Mas los libros contienen ideas que no se pueden silenciar, que perduran y que sobreviven a la barbarie totalitaria. Así lo expusieron Ray Bradbury en su novela distópica Fahrenheit 451, o en fecha más reciente los hermanos Allan y Albert Hugues en la sobresaliente película El libro de Eli. El papel arde a 451 grados fahrenheit, más o menos 233 grados centígrados. Las neuronas de los iletrados bullen a temperatura ambiente para consumirse en la hoguera de la estupidez. Sus cerebros inservibles arden por simpatía cuando se juntan en piara. Los valientes no queman libros, no lo necesitan para defender sus ideas.

Lo dicho, putos fachas.

Actualizado: 14 de marzo de 2022 none

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